LAS MANOS DE LA MUERTE SON DE SEDA

 

 

Un cuento de Miguel Ángel Gómez

 




 

Me cago en la misma mierda si no escribo un comentario del cuento: Las manos de La Muerte son de Seda, del fallecido escritor romanense Miguel Ángel Gómez. Supongamos que la muerte un día se levanta y viene por el lector de este comentario, como le sucedió a Wenceslao, el protagonista. 

La historia comienza con el personaje de la muerte hojeando el libro donde están escritos los nombres de cada uno de nosotros. Por casualidad elige el nombre de Wenceslao. Rápido sale a buscarlo por toda la ciudad sin encontrar señales de él. Luego regresa a casa y después de lavarse bien el rabo y lanzarse sobre el mueble abrumada de aburrimiento, decide ir al cine. Resulta, que el hombre que andaba buscando también fue al mismo lugar; sin embargo, Wenceslao, días antes, tuvo el presentimiento de que la huesuda vendría a buscarlo; y para engañarla se raspó la cabeza como una mala palabra. “De ese modo jamás me reconocerá”. Por coincidencia, la muerte se sentó a su lado. Al darse cuenta que ella le respiraba como maricón en la espalda, se levantó a sentarse en la última línea. “Lejos de esa azarosa”. Pero la muerte supuestamente no miraba la pantalla bien de cerca y decide irse al lugar donde estaba Wenceslao. Mientras disfrutaba de la película olvidada de ser la muerte, nuestro hombre se llenaba de tormentos, huyendo de un lugar a otro. La muerte, disgustada por la película, piensa en que no ha encontrado a su víctima y decide llevarse al “caco de ñema” que tanto fastidio le ha causado moviéndose…

La parte fascinante del cuento sucede con la escena de la muerte y Wenceslao. Lo demás es puro plano realista, propio de las tendencias del momento.  Miguel Ángel Gómez nos muestra las dos caras de la peseta… Primero, desde una perspectiva fantástica, y luego realista.  Con un narrador omnisciente, que por momentos se vuelve testigo y forma parte de la primera escena: «Incluso, yo pude verla profundamente concentrada, inmóvil, con el dedo índice puesto sobre la boca». En la segunda parte, detalla las características del protagonista a través de personajes secundarios que resaltan las cualidades del difundo, y un personaje o narrador testigo (el mejor amigo del muerto, llamado El Zurdo) que cuenta la escena cuando Wenceslao cayó muerto: «Yo lo ví a noche cuando entró al cine Colon. Cuando se acabó la película, nos juntamos casi a la salida y comenzamos a hablar. Cuando pasábamos por debajo del marco de la puerta de salida, se desplomó» La tercera parte del cuento no es más que el puro teatro que sucede en los velatorios: donde los gritos estremecen la casa, los lambones se toman el café y las madres caen desmayadas vomitando espuma por la boca. Y luego viene uno (en este cuento, El Zurdo) y se quita un tenis hediondo y se lo pone a la madre de Wenceslao en la nariz. Esta recupera el conocimiento para ver por última vez el ataúd donde llevan embutido a su hijo. Aquí debió terminar el relato, y no seguir con el cuento de El Zurdo de: “Yo no acostumbro a enterrar a mis amigos”, según él, porque tuvo una mala experiencia. El narrador invierte el tiempo psicológico del relato cuando ya no es necesario, cayendo en una odiosa y complicada redundancia. Si analizamos los elementos figurativos del espacio geográfico del texto, nos daremos cuenta del entorno del autor, que muestra con una prosa, en muchas ocasiones repetitivas; abusando de adverbios y adjetivos innecesarios. A pesar de ello, no deja de ser un cuento macabro interesante… Las manos de la muerte son de seda, se publicó en 1995, en la antología de cuento del mismo nombre.

 

Apuntes sobre literatura macabra en Santo Domingo

Jonás Sánchez

 

 

 


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