Cuatro reseñas del cuento: Los últimos monstruos
Reseñas
Cuatro reseñas de estudiantes de secundaria sobre el cuento “Los últimos Monstruos” del conde Juan Bosch, padre la literatura macabra en Santo Domingo.
Título:
Los últimos monstruos.
Género:
cuento
Subgénero: fantasía y ciencia ficción
Autor:
Juan Bosch.
Editorial: Librería Dominicana, Colección Pensamiento Dominicano, 1964.
Después de un gran cataclismo se escaparon sólo
tres hombres, dos mujeres y cinco niños. Todos eran desconocidos entre sí.
Subieron angustiados las laderas de las montañas mientras masas de tierra y de
piedras, con árboles y seres vivos, caían formando un estrépito infernal.
Luego, los sobrevivientes presenciaron una lucha tenaz de dos grandes bestias
que son los últimos sobrevivientes y como finaliza esta pelea marcando historia.
Los últimos monstruos (1909-2001) un llamativo
cuento de Juan Bosch (ensayista, novelista, cuentista y político dominicano)
fue uno de los principales cuentos en el que este autor explora un nuevo género
narrativo en la peña que tenemos por Isla y se ambienta en una época
prehistórica dándole el espacio geográfico correcto para desarrollar este subgénero.
El autor Juan Bosch consigue que se interprete lo que está pasando y como se
van desarrollando cada una de las actitudes de los sobrevivientes que en ese
caso eran los tres hombres, dos mujeres y cinco niños y como a medida que se
desarrolla el cuento se puede ver los métodos de supervivencia que estos
utilizan y como también en el acrecentamiento del cuento mueren la mayoría de
los personajes.
Este cuento nos hace ver una diferente e
inimaginable perspectiva de como sucedió aquel proceso de intercambio de la
prehistoria a lo que hoy conocemos como civilización y sociedad y de cómo el
ser humano desde ese entonces refleja su carácter y sus características propias
durante ese suceso. Este fue un gran paso tanto como al autor como para la
literatura en ese momento y se considera como un género explorado al desarrollo
de la literatura dominicana y como lo conocemos hoy en día, más compleja y más
expansiva.
En conclusión, mi opinión y mi punto de vista es que claramente el autor quiso
expresar aquella gran idea y que me parece muy interesante de ambientar un tema
tan popular como es la prehistoria, adaptándola a una versión más interesante
para él y para el lector, sin embargo, considero que disfrutaría leer un cuento
menos dificultoso de entender y con un lenguaje menos figurado ya que para
entenderlo hay que poner más empeño y concentración de lo que me hubiese gustado,
pero cuando logras entender la historia me pareció interesante y refleja
cualidades positivas y la calidad del autor en cuanto al género de fantástico, añadiendo un poco de tragedia y
realismo.
A.C.A
LA
FANTASÍA DE JUAN BOSCH
Título:
Los últimos monstruos.
Autor:
Juan Bosch.
Los últimos monstruos, presenta un mundo caótico que
amenaza con la extinción del hombre. El lugar se va destruyendo, convirtiéndose
en una catástrofe. Quedando algunos sobrevivientes, los cuales se van reduciendo.
Criaturas quieren tomar el control, feroces se enfrentan, como también el
complejo del hombre de querer dominar en la cueva sobre la mujer. Se aprecia
fantasía, la cual se podría comparar a la sociedad de aquel entonces. La pasión
a las metáforas llevará al deseo de más, pero también podría provocar lo
contrario. Los últimos monstruos es un cuento escrito por Juan Bosch en el
tiempo de su exilio. Leer los últimos monstruos me pareció abrumador, debido al
lenguaje artificial y la forma de expresarse pasando a la facilidad de perderse
en la lectura. Un poco difícil de entender por lo que no se lo recomendaría a
todo público. Me impactó el uso de la fantasía como por ejemplo la
personificación de los personajes como monstruos, algo inesperado. Un poco diferente
a lo demás que he leído de Juan Bosch. Creo que es alusivo a las guerras
políticas que existían en el momento de su exilio y podría reflejar como estas
confrontaciones pueden acabar con la existencia del ser humano. La realidad la
aborda de una manera muy particular a lo fantástico, toca temas sobre
desigualdades de género y problemas sociales.
S.R
CUENTOS
DE JUAN BOSCH
Título:
Los últimos monstruos.
Autor:
Juan Bosch.
Editorial: Librería Dominicana, Colección
Pensamiento Dominicano, 1964.
Juan Bosch,
el autor de este cuento fue un cuentista, ensayista, novelista, narrador,
historiador, educador y político dominicano. Fue elegido presidente de la
República Dominicana en 1962, cargo que asumió por un breve período en 1963.
Obtuvo importantes reconocimientos como el Premio Hernández Catá en La Habana,
el cual se otorgaba a los cuentos escritos por autores de América Latina. Sus
cuentos tenían un hondo contenido social. Algunos ejemplos son "La Noche
Buena de Encarnación Mendoza", "Luis Pie", "Los
Maestros" y "El indio Manuel Sicuri", todos ellos descritos por
la crítica como obras maestras del género.
Los últimos monstruos, es un confuso cuento escrito
por juan Bosch. Me pareció un poco ambiguo ya que se puede interpretar de
diferentes maneras. Este cuento describe a un grupo de personas de tres
hombres, dos mujeres y cinco niños que huían con miedo a no morir por cosas
extrañas que aparecían, las cuales pienso que se veían un poco inciertas. Eso
es lo que te confundirá, esas cosas extrañas de las que ellos huían eran
bestias grandes, algunas de las personas huyeron intentado salvarse, pero el
hombre mayor se armó de valor cuando apareció una de las bestias, en realidad
el no tuvo que hacer mucho porque luego apareció otra y entre ellas mismas se
mataron. Solo quedaron el hombre, una mujer y algunos niños. Luego de la muerte
de esas bestias el hombre se puso contento y dijo que ya se podía vivir en paz
y feliz.
Esta historia, tan poco atractiva, está llena de
fantasía, pero si vez en lo profundo puedes llegar a una buena conclusión. El
cuento no me ha impactado, por eso me ha parecido un poco aburrido, pienso que
a pesar de la fantasía que posee, le falta un lenguaje más claro y una trama
más precisa. Creo que en este cuento el autor intenta reflejar la lucha del
hombre para tener el poder y el control del mundo ya que al final cuando las
bestias mueren el hombre grita a los vientos que quiere procrear y repoblar la
tierra de su especie que un día estaba invadida por esos monstruos.
Finalmente, y desde mi punto de vista, este cuento
reflejó no solo la lucha del hombre para tener el control sino también la
felicidad que pueden llegar a tener las personas al saber que no están pasando
por ningún peligro. También se refleja lo bueno que es estar en paz sin guerras
y sin miedo a que algo te puede matar en cualquier momento.
L.F
LOS ÚLTIMOS MONSTRUOS
Esta obra escrita por Juan Bosch en el año 1941
forma parte de sus cuentos muy famosos escritos en el exilio. Trata sobre un
grupo de sobrevivientes que tuvieron que huir, escapar y esconderse como
pudieron ya que dos bestias estaban peleando y destruyendo todo a su alrededor,
y todo el que se les cruzó en el camino fue asesinado. Entre tanto estruendo se
las ingeniaron para sobrevivir, haciendo fogatas y buscando que comer. Al final
los últimos sobrevivientes se esconden en una cueva y al escuchar que ya no
había pelea uno salió para darse cuenta que se habían matado entre sí, entonces
celebraron y se alimentaron con la carne de las dos bestias que provenían del
pantano tenían alas grandes y su carne apestaba, pero en ese momento era
gloriosa. Por último, decidieron poblar la tierra por lo que se basa en los
primeros años de existencia del mundo.
Esta obra es ficticia y considero que para todo
aquel que le guste el género tiene una buena historia detrás, pero es un poco
tediosa para leer ya que para contar algo básico utiliza muchas palabras que en
algunas ocasiones veo hasta innecesario. Me gusta como la historia relata como
el humano actúa en situaciones de peligro y como se mantiene unido trabajando
en equipo con los demás. A pesar de que habla de monstruos y tiene varias
partes que tratan acerca de asesinatos tiene un final feliz y se asemeja mucho
a películas a las películas de acción de hoy en día. A pesar del final feliz no
cuenta cosas que sorprendan al lector, siento que es muy predecible y cualquiera
que este leyendo el primer párrafo sabe cómo se va desenlazar; me hubiese
gustado mucho un toque de sorpresa o hasta comedia que haría que cualquier
lector se interesara en ella. Sobre el cuento si me hubiese visto en la
posición del grupo hubiese hecho lo mismo ya que busco salvar mi vida, pero no
cometería el error de los que se fueron por desespero, ya que somos más
vulnerables solos en situaciones de peligro.
En conclusión, siento que estuvo bien, pero pudo
haber sido más emocionante, aunque sé que hay lectores que les gustaría leerla
ya que la historia es diferente. Y también pienso que cualquiera que lo lea se
puede sentir identificado con los personajes. Bosch hizo una historia que a los
fanáticos de la ficción amarían.
J.M
(La Vega, Rep. Dominicana, 1909 - Santo Domingo, 2001)
Los últimos monstruos
Dos pesos de agua
(La Habana: Ed. Impresor A. Ríos, 1941, 168 págs.)
Más cuentos escritos en el exilio
(Santo Domingo: Editorial Librería Dominicana,
Colección Pensamiento Dominicano, 1964, 285 pgs.)
Del gran cataclismo escaparon sólo tres hombres, dos mujeres y cinco niños. Todos eran desconocidos entre sí. Subieron angustiados las laderas de las montañas mientras masas de tierra y de piedras, con árboles y seres vivos, caían formando un estrépito infernal. En la inmensa hoya donde caían esos pedazos del mundo entraba en olas negras el mar; entraba rugiendo, hirviendo, batiéndose con furia salvaje contra las masas de tierra que caían.
Locos de pavor, los fugitivos huían agarrándose a las raíces. A sus pies se deshacía el suelo. Caminaron en la oscuridad sin descanso, sin tregua. Uno de los niños cayó en un derrisco. Debió deshacerse allá abajo, demasiado hondo porque ni siquiera se oyó el golpe. No importaba. Uno de los hombres volvió la cara y nada más.
El mundo se mantenía en tinieblas. Estallaban ruidos subterráneos. Los fugitivos se miraban y hacían muecas con los rostros. De rato en rato alguno emitía un grito torpe y señalaba hacia el centro de la tierra. Al cabo de un tiempo interminable empezaron a dejar de oírse los ruidos y los nueve supervivientes se hallaron en una cordillera helada. Cerca de ellos se movían luces extrañas. Una de las mujeres fue a ver de qué se trataba y al apartarse del grupo la oyeron gritar salvajemente. El más viejo de los hombres salió hacia el lugar del grito. Se supo que luchaba porque se oía un estertor. Agobiados de cansancio los demás se habían echado en el suelo. Al cabo de rato el hombre volvió arrastrándose y llevaba con él una bestia grande, peluda, jamás vista por los que formaban el grupo. Con sus ojos hechos a la oscuridad vieron que el hombre sangraba y perdía fuerzas; después agonizó trabajosamente, pero nadie le hizo caso porque los restantes se lanzaron sobre la bestia. Uno de los hombres sacó una piedra afilada que llevaba en una tira de cuero amarrada a la cintura, y con ella empezó a cortar la piel. Los demás chillaron en señal de que entendían; hacía frío y era necesario algo con que cubrirse, y nada mejor que esa piel; después todos se abalanzaron sobre la carne y cada uno arrancó un pedazo a uñas y dientes. Durmieron allí, y ya eran sólo siete; dos hombres, una mujer y cuatro niños.
Al cabo de un tiempo empezó a esparcirse por el sitio una luz vaga, incolora y fantasmal. A esa claridad, recortada contra el cielo, podían verse mejor las figuras. Los hombres eran bajitos, anchos, de espaldas grandes, de frentes cortas, ojillos inquietos, quijadas sobresalientes y pelo duro y abundante; sus narices eran dos hoyos en mitad de la cara y sus bocas hendiduras por las que se veían dientes grandes y blancos. No hablaban sino que emitían gruñidos, rugidos y algunos sonidos guturales. Tenían las piernas torcidas, los brazos largos y las manos enormes; caminaban balanceándose y sólo llevaban cinturones de cuero en las cinturas. El que parecía de más edad despertó a la hembra clavándole las uñas en el cuello. La hembra tenía el pelo largo pero no se le veían vellos en la cara. Apenas había espacio entre su pelo y sus cejas y también tenía la boca grande; sus ojos eran de expresión torpe. Señalando las laderas de las montañas, el hombre pareció indicar que era forzoso seguir. La hembra se levantó y sacudió a los pequeños.
Anduvieron bajo aquella luz fantasmal y debieron caminar una distancia muy larga porque llegaron a un lugar donde había un sitio pelado, granítico, que en nada se parecía a la montaña y que debía ser ya la llanura. Allí rugieron los dos hombres y mientras la hembra y los pequeños se sentaban se fueron ellos a unos pilares de roca y arrancaron dos pedazos; después se pusieron a batirlos con piedras más pequeñas. Estaban haciendo dos mazas para tener con qué combatir a los enemigos que les salieran en el camino.
En toda la tierra, llena de montañas peladas, de selvas abrumadoras, de volcanes, torrentes y grandes pantanos hirvientes, no había ya más seres humanos que ésos. Habían vivido hacia abajo, donde el clima benigno y la extinción de las fieras les había permitido salir de las cuevas, usar el fuego, hacer armas y útiles de trabajo y empezar a organizarse en grupos. Pero de súbito se sacudió el eje del globo y se hundió una extensión enorme y las cordilleras se derrumbaron y entró el mar. Hombres, fieras, árboles, piedras: todo cayó abajo, bien abajo, mientras del fondo de aquel hoyo gigantesco se elevaba un humo denso y salían ruidos aterradores. Sólo pudieron salvarse aquellos que escalaron a tiempo las montañas, y de ellos nada más quedaban, al cabo de largo andar, esos dos machos, la hembra y los cuatro niños.
Los hombres terminaron sus mazas y las dejaron llenas de asperezas para que fueran más útiles. Uno de ellos labró también hachas pequeñas para armarlas cuando encontraran árboles. Después de terminar el trabajo se durmieron y al despertar indicaron a gruñidos que era tiempo de seguir.
Después de mucho andar llegaron a la zona de los bosques. Arboles altísimos, helechos de grandes ramas por las que andaban lagartos extraños, lianas de hojas gigantes, flores de olores penetrantes, ríos torrentosos; todo eso vieron, asombrados, a la confusa luz. Estaban en medio de selvas nutridas para cruzar las cuales debían ir los dos hombres haciendo camino con las mazas. Con el pelo sobre los ojos, ellos, las hembras y los pequeños acechaban por todos lados la selva, temerosos de que surgiera a su lado algún animal desconocido que pudiera atacarlos. Comían reptiles y hojas. Durmieron varias veces en aquella marcha, y al fin llegaron a un sitio que parecía reunir condiciones para establecerse. Buscando sin cesar, los hombres hallaron una cueva amplia que estaba en la falda de una colina. Al tomar el flanco del cerro surgió de pronto a su vista un pantano enorme, de aguas fangosas que hervían continuamente. Allí, en la orilla, se detuvieron. Uno de los hombres, el más viejo, metió la mano en aquel fango cálido, y de pronto asomó a su lado la cabeza de un animal que ellos nunca habían visto. El animal abrió la boca, y cuando el hombre quiso huir lanzó un coletazo que destrozó el cuerpo del intruso. Aterrorizados, los demás huyeron; iban huyendo cuando sintieron un chapoteo a sus espaldas, y cuando el último de los hombres volvió la cara alcanzó a ver que el animal atrapaba a uno de los niños. Se oyó un grito agudo y angustioso, y el chapoteo de nuevo. Al llegar a la entrada de la cueva el macho empujó a la mujer y a los niños y cayó de bruces, falto de aire. Tardó en levantarse, y cuando lo hizo se asomó con cautela a la hendidura, bajó con movimientos cuidadosos, aplicó sus fuerzas a una gran piedra y fue empujándola hacia arriba hasta que tapó con ella la boca de la cueva.
Temblando de miedo, los niños yacían amontonados en el fondo y la mujer golpeaba dos pedernales para hacer fuego. Al hacerse la llama, la mujer miró al macho, y éste tenía la mirada brillante bajo los pelos que le caían de la cabeza y hasta los dientes le refulgían. Ella esperó el asalto, pero cuando él iba a acercársele sonó afuera un bramido largo y potente que hizo temblar la piedra que el hombre acababa de colocar en la boca de la cueva. El macho giró violentamente y empujando la piedra quiso ver qué sucedía. Lo que vio debió ser grandioso porque se arrastró hasta la mujer, la tomó con fuerza de un brazo y la llevó a la boca de la cueva.
Del fondo del pantano había salido un monstruo cuya cabeza aplastada llegaba a lo más alto de los árboles más altos. La luz se había vuelto amarillenta y a esa luz brillaban los ojos de la bestia, grandes y siniestros. El monstruoso animal tenía el pescuezo cubierto con escamas que despedían reflejos, batió la cola y el hombre y la mujer vieron caer docenas de árboles que se derrumbaban como si los hubiera tronchado una fuerza descomunal. Se hizo un claro en el bosque e infinidad de aves extrañas escaparon graznando. El monstruo volvió la cabeza a todos lados, como oliendo, y lanzó de nuevo su bramido, un bramido tan potente que sacudió los cogollos de los árboles y removió la piedra de la boca de la cueva. El hombre y la mujer se miraron entre sí y gruñeron de miedo. El macho clavó sus uñas en el brazo de la mujer y apretó los dientes. Estaba de rodillas, con una mano en la maza; sentía terror, pero estaba listo a lo que sobreviniera. Tal vez aquella bestia gigantesca andaba persiguiéndoles, y si se acercaba a la cueva él lucharía, aunque no sabía cómo habría de hacerlo.
Pero de pronto se oyó un chillido, tan hondo y tan escalofriante como el bramido de la bestia, y a seguidas golpes secos, como de árboles o de piedras que chocaban. La mujer volvió a mirar al macho y éste le apretó más el brazo. Súbitamente la gran fiera que había salido del pantano sacudió el pescuezo y se echó hacia atrás, y a seguidas la pareja humana vio aparecer un pico de tamaño increíble que despedía brillo al toque de la luz. El pico se abrió y se cerró, produciendo el mismo ruido que acababan de oír, y de él salió de nuevo aquel chillido; tras el pico se vio un cuerpo que tenía de ave y de reptil, un cuerpo que se arrastraba por entre los árboles caídos y tenía dos alas cortas y duras.
Los dos monstruos quedaron cerca, el uno frente al otro, ambos meciendo las cabezas. Millares de pájaros revoloteaban y graznaban alrededor de ellos. Del pantano empezó a elevarse un humo fétido y se oía bullir el hirviente lodo. A la espalda del hombre y de la mujer se sentía el ronquido de los pequeños que dormían; el fuego iba apagándose y el corazón de la mujer golpeaba bajo su seno.
De súbito la bestia que había aparecido en último lugar, la enorme bestia de pico, se alzó sobre su cola, batió las alas y se lanzó sobre la otra. Ésta la eludió con un esguince del cuello, pero debió recibir algún daño porque su bramido, más hondo y más espeluznante, tuvo un tono doloroso. A seguidas levantó la cola y hendió el aire. Se veía la sombra agitarse.
Así empezó la descomunal batalla. Mordiéndose, arrastrándose, chillando y bramando, cambiando golpes que retumbaban en la cueva, los dos monstruos luchaban. Al golpe de las colas los árboles caían tronchados y sus chasquidos sonaban dolientes. La luz se fue haciendo más clara y ya era un resplandor amarillento que se colaba a través de nubes pesadas y oscuras.
Los combatientes llegaron al pie del cerro. Estimulado por su instinto de pelea el hombre empujaba la piedra que tapaba la boca de la cueva porque así podía ver mejor y a través de los árboles que caían trataba de mirar hacia abajo. Más y más asombrado cada vez, contemplaba cómo se prolongaba la fantástica lucha y a los penetrantes chillidos de la bestia alada oía responder los bramidos llenos de ira de la otra.
El tiempo empezó a hacerse largo. Mordiéndose, pegándose coletazos, desgarrándose con las patas, alzándose hasta el mismo cielo con los pescuezos envueltos entre sí, los dos monstruos rodaban y se levantaban, moliendo la tierra y los troncos por donde pasaban.
La mujer estaba cansada, fría, agotada, y gemía. Con su maza en la mano, el hombre trató de salir a gatas porque el humo que salía del pantano no le permitía ver, y él quería ver.
Aquella gran batalla parecía no terminar jamás. Tan pronto se oía caer y rebotar hacia la orilla del pantano como volver al pie del cerro. La brisa que rompía ramas en el bosque y las aves que graznaban formaban el fondo de la lucha.
El hombre salió y la mujer le vio descender con cautela, pero a poco volvió, sin duda porque las bestias se acercaban; entró con los ojillos inquietos, como de animal perseguido. Ya apenas quedaban brasas encendidas. El hombre y la mujer estuvieron así tanto tiempo que parecían acostumbrados ya a aquel estrépito que conmovía el lugar. Se hallaban cansados, hostigados, con los cuerpos doloridos de tanta tensión.
En eso se oyó un chillido que fue como una larga queja, un chillido que fue debilitándose poco a poco y haciéndose poco a poco lejano; y conmovía oírlo porque era como un canto fúnebre, una bestial elegía fúnebre. Después, el monstruo que había salido del agua lanzó un bramido apagado y doloroso como el chillido, alzó el pescuezo, meció la cabeza en la altura y la dejó caer. El golpe se oyó retumbando entre los árboles.
El hombre se pegó a la tierra y puso toda su atención en escuchar. Estaba nervioso, con los ojos fijos, los pelos revueltos. Alguna vez se oía un movimiento que daba idea de un estertor mortal. Los graznidos de las aves iban apagándose y a ratos sonaba el chasquido de un árbol.
Al cabo de larga espera empezó a dejarse ver de nuevo la luz amarillenta y después fue haciéndose gris y blancuzca hasta que se hizo una claridad que recordaba la de las tierras hundidas. La calma parecía haber renacido con esa luz. El hombre y la mujer siguieron esperando sin moverse, y esperaron tanto que los niños despertaron y gruñeron, acaso de hambre. Entonces el macho empujó la piedra, tomó la maza y salió.
Abajo estaba el bosque deshecho. Dos montones de carne, informes y gigantescos, se veían junto al pantano. Eran tan grandes que hubiera dado trabajo subir a ellos. El hombre fue acercándose con cautela. Las bestias no se movían. Entrelazados y revueltos con las lianas, los árboles caídos tenían las hojas batidas por la brisa. El hombre anduvo a gatas, sin soltar la maza, y se acercó tanto a los monstruos que podía ver los enormes desgarrones que se habían hecho en la pelea. El hombre tomó una piedra y la tiró. La piedra cayó sobre una de las bestias y ésta no se movió. El hombre se arrastró más. Poco a poco fue levantando la mano, hasta tocar las escamas de uno de los animales. Estaba frío y muerto. ¡Muerto!
El hombre no dudó más; se puso de pie y corrió. Saltando sobre los árboles caídos, fue dando la vuelta alrededor de aquellas masas de carne y a medida que comprobaba que ya no vivían su cara se iluminaba con una alegría salvaje, daba gruñidos, saltaba y manoteaba y pegaba con la maza en los cuerpos muertos. Al fin se cansó y decidió irse; pero de súbito volvió, sacó la piedra afilada que llevaba al cinto y empezó a cortar aquella carne blanca repelente. Cortó un pedazo enorme y con él a la espalda comenzó a subir por el cerro mientras la luz iba haciéndose más fuerte. Quiso trepar el cerro corriendo, tanta era su alegría, y llegó a la boca de la cueva cansado. Entonces dejó caer la carne, entró dando gritos y tiró de la mujer, casi arrastrándola, clavando en su brazo las fuertes uñas. Desde la boca de la cueva señaló hacia abajo y emitió unos sonidos guturales que sonaban alegres. La hembra miró y saltó también, pegando con una mano sobre la otra. A seguidas el macho cogió a la hembra por la cintura y la apretó hasta hacer crujir sus huesos; y entonces, mientras la luz esplendía y llenaba todo aquel extraño paisaje, él, con un brazo extendido hacia los monstruos, gritó con un grito bárbaro y jubiloso que flotó largamente en el aire.
Traducido al lenguaje que usamos hoy, aquel grito quería decir:
“Han muerto los últimos monstruos que nos amenazaban; se han acabado luchando entre sí. Ahora nos queda la eternidad por delante para poblar el globo con nuestra descendencia e iniciar una gran época en la que los hombres sean felices”.
Después de esto el hombre bajó a buscar piedras para fabricar con ellas una vivienda que estuviera a la luz, porque ya no era necesario seguir escondiéndose en cuevas.


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